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LA PEQUEÑA TIENDA DE LOS HORRORES
DELIRANTE, SURREALISTA Y BIZARRA. LA COMEDIA NEGRA POR EXCELENCIA, OBJETO FETICHE Y DE CULTO, VOLVIÓ A PROYECTARSE EN GRAN CANARIA EN SU VERSIÓN MÁS LAUREADA
Más de uno suspira aún por disponer de una floristería así en el barrio. Donde los clientes rehúsen de portar sus ramilletes envueltos ("No gracias, las quiero para comer ahora", diría una señora), una madre hipocondríaca clamando por un respirador automático, un sádico dentista y un cliente aún más masoquista. Y en el epicentro de tal cúmulo de locuras, una planta carnívora fruto del empeño, por parte de un empleado, de no ser despedido.
Tal disloque sólo podía ser fruto del tándem Charles Griffith al guión y el cineasta Roger Corman (Detroit, 1926), el rey de la serie B y el ingenio A. Juntos parieron en 1960 La pequeña tienda de los horrores, una comedia bizarra de marcado corte oscuro en el que surrealismo y delirio sellan una obra que ha sido reinterpretada en diversas ocasiones como musical ligero, sobre todo en su faceta teatral. En aquel entonces Corman encaró, como era dogma suyo, una cinta para la que sólo habían hecho falta dos días de rodaje, con un presupuesto irrisorio de unos 30.000 dólares de la época. La pequeña tienda de los horrores desarrollaba la historia de un encargado de floristería, en un barrio de Nueva York, a punto de ser despedido. Pide una última oportunidad aludiendo al éxito de la nueva planta que ha creado, un vegetal carnívoro que logra llenar la tienda de gente y que se nutre de sangre y cadáveres que el argumento dosifica por el camino.
Tras este planteamiento de humor negro absurdo y estrambótico se encontraban una serie de personajes memorables, recuérdese el soberbio papel de un jovencísimo Jack Nicholson que renegaba de la novocaína de su dentista para disfrutar del dolor; que fue refritado a posteriori en diferentes contextos. Sin ir más lejos, la referencia más fresca acude a la memoria con la revisión que Frank Oz, mundialmente conocido por protagonizar el papel del maestro Yoda en La Guerra de las galaxias, encaró en 1986, con un presupuesto tres veces mayor al que había invertido el maestro Corman. En aquel entonces, esta revisión recauchutó la historia a un contexto de género musical cinematográfico, fruto de la versión músico-teatral procedente de un musical de Broadway estrenado cuatro años antes.
La original de Corman fue, como de costumbre, un rotundo fracaso de taquilla hasta que fue repuesta en diversas ocasiones por el tubo catódico y, por supuesto, tras el éxito de la adaptación de Oz, que la catapultó a filme de culto. Atrás quedaron otro remake Please don't eat my mother, en 1972 y una secuela en 1991 que no gozó de tanto éxito. Incluso los años setenta dieron de sí una serie de dibujos animados con los entrañables personajes de la película original. Es la versión de Frank Oz la que se proyectó hace algunos días en el MomaClub a partir de las 22.30 horas.
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