

Quienes hayan sido consumidores de música electrónica durante la década de los noventa sin duda conocerán a Kevorkian Death Cycle, una banda americana que cosechó bastante éxito entre los seguidores de la escuela industrial de sabores canadienses, me refiero, obviamente a la escuela de Vancouver (cuyos valores me parece, a estas alturas, hasta cansino nombrarlos), lo cual les valió para grabar varios discos en los que la óptica americana a la hora de concebir la electrónica y no cortarse en mezclar todo tipo de influencias les llevó a ser considerados como banda de culto en su país.
Hoy día, cuando parece que un nuevo trabajo del grupo original se postpone una y otra vez Roger Jarvis, uno de los componente fundadores, se saca de la manga un sangrante proyecto de ebm industrial oscurísimo que hará las delicias de los fans del dark electro, de los primeros Kevorkian e incluso de los Skinny Puppy más pasados de vueltas, pues su música es un contínuo torrente sónico lleno de caos, locura y ritmo. Un torrente donde se mezcla, con esa idiosincrasia propia de un norteamericano, todo un arsenal de influencias para crear temas realmente enfermizos, en donde la voz de Taury Goforth (la otra parte del proyecto) deambula furiosa e insultante (a veces con una cierta actitud rockera para enloquecer aún más los temas), con unos tratamientos que hay que oir para creer y unas letras realmente provocadoras y duras sobre una programación siempre cambiante, de estructuras aparentemente ilógicas, pero deliciosas en su conjunto por esa locura impresa en cada surco del compacto. Quince temas que se hacen cortos (a pesar de esto, el cd no llega a la hora de duración) y que, tras un par de escuchas te atrapa hasta abducirte en un universo lleno de caos, violencia guiado por temas de todo tipo, desde las bailables “Murder”, “Pure Evil” o “Dominate” (tres temazos directos a la pista) hasta descargas industriales en “Noise”, pasando por los medios tiempos realmente terroríficos de “My eyes are red” (que me ha recordado a los Numb por esos interludios tenebrosos, como no podía ser de otra forma), pequeñas suites instrumentales que nos preparan para la hecatombe en “Rx” o en el comienzo de “My next sin”, es decir, un explosivo cocktail que demuestra que se puede seguir sonando con frescura, rendir tributo a tus influencias y encima sacar un joya que consigue un resultado sobresaliente y una originalidad atípica a la hora de componer los cortes. Lo que llevo diciendo desde hace mucho tiempo, los americanos tienen otra manera de componer cuyos resultados cada vez me siguen sorprendiendo más. Espero que este proyecto no se quede en un disco y que continúe en esta línea, porque les auguro un futuro brillante. Uno de mis discos favoritos del año.
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