El italiano Luigi Russolo hizo del ruido el soporte sonoro de su creación musical. El 90º aniversario de la publicación de ‘El Arte de los Ruidos’ permite revisar su imaginario y su obra.
Fanático, visionario, ingeniero advenedizo, provocador..., pero sobre todo, un arriesgado experimentador que tuvo que fajarse con el tradicionalismo musical que imperaba en la sociedad europea de principios del siglo XX. Luigi Russolo (1885-1947) es todo un personaje, odiado y admirado a partes iguales. Su aportación al desarrollo de la música contemporánea, y en particular a la génesis de la música electrónica, es el rastro más celebrado de este polifacético artista, antes pintor que músico e ingeniero. La historia de Russolo se encuadra en los movimientos de vanguardia artística que se cocinaban en Italia en la primera década del Siglo XX: el futurismo. El principal ideólogo de esta doctrina fue Filippo Marinetti (1876-1947), quien en 1909 publicaba el manifiesto fundacional con las pautas creativas de una corriente que impregnaría a muchísimos agitadores culturales y sociales de entonces. El manifiesto de Marinetti venía refrendado por artistas de distinto pelaje como Giacomo Balla, Umberto Boccioni, Gino Severini, Carlo Carrà, Mario Sironi, Fortunato Depero, Antonello Sant’Elia, y Luigi Russolo, protagonista de la historia que nos ocupa.
Un año más tarde, comenzaron a aparecer los más diversos manifiestos sobre los efectos del futurismo en todas las artes. La música no era ajena a esta agitación que idolatraba a las máquinas, la violencia, la energía, y cómo la tecnología era la mejor herramienta para combatir el academicismo: el nuevo arte estaba por descubrir. Aquí aparece Russolo. En 1910 el músico Balilla Pratella, autor entre otras de la ópera El Aviador Dro, firmaba el Manifiesto de la Música Futurista. Una declaración que despertó en Russolo, embarcado entonces en su pintura y poesía, otras aspiraciones artísticas. En 1913 daba cuenta de sus intenciones y desplegaba todo su imaginario musical en el manifiesto El Arte de los Ruidos. Un texto muy sugerente, dedicado a su colega Pratella, de pura exaltación del ruido como motor de las nuevas texturas musicales que estaban por venir. Un nuevo arte que sorteaba los timbres de los instrumentos tradicionales y lo que Russolo entendía como rigideces de la composición. “Hay que romper este círculo restringido de sonidos puros y conquistar la variedad infinita de los sonidos-ruidos”, decía este visionario italiano en su manifiesto. Se apuntaba una evolución de la música que tenía su fundamento en una sociedad cada vez más industrializada..
La música, tal como se concebía a principios del siglo XX, no satisfacía las ansias fururistas y mucho menos las inquietudes de Russolo. Su manifiesto abundaba en ello: “Para excitar y exaltar nuestra sensibilidad, la música fue evolucionando hacia la más compleja polifonía y hacia una mayor variedad de timbres o coloridos instrumentales, buscando las más complicadas sucesiones de acordes disonantes y preparando vagamente la creación del ruido musical. Esta evolución hacia el “sonido ruido” no había sido posible hasta ahora”. Russolo no fue entendido por el público, y los que asistieron a su envite público y demostración de que el ruido era arte, lo tuvieron por un provocador. “Nosotros los futuristas hemos amado todos profundamente las armonías de los grandes maestros y hemos gozado con ellas. Beethoven y Wagner nos han transformado los nervios y el corazón durante muchos años. Ahora estamos saciados de ellas y disfrutamos mucho más combinando idealmente los ruidos de tren, de motores de explosión, de carrozas, de muchedumbres vociferantes que volviendo a escuchar, por ejemplo, la Heroica o la Pastoral”. Es más, Russolo se atrevió a cuestionar los “mezquinos resultados acústicos” de cualquier orquesta, la más moderna para su tiempo: “¿Conocéis acaso un espectáculo más ridículo que el de veinte hombres obstinados en redoblar el maullido de un violín?”.Para Russolo, los músicos futuristas estaban obligados a enriquecer el campo de los sonidos a los que todos estaban acostumbrados. El propósito de Luigi Russolo era mucho más osado que ese cúmulo de propuestas que pretendían revolucionar el sonido. El planteamiento teórico iba más allá. Dio cuerpo a una orquesta futurista en la que los ruidos se clasificaban en seis familias distintas y con personalidad propia. Sonidos-ruidos, que según avanzaba, debían de ser reproducidos mecanicamente.
Y así fue. Russolo sabía bien poco de ingeniería y su impulso técnico era más romántico que práctico, al menos cuando se forjaba este manifiesto. Nadie había entendido los principios de su proyecto, como bien relata en el libro El Arte de los Ruidos, que se publicaba en 1916. Pero, a Russolo nadie parecía frenarle en su ambición. Aquel amasijo de ruidos con el que sus detractores dibujaban la anunciada orquesta futurista, comenzaba a tomar cuerpo gracias al apoyo que tuvo en el también pintor Ugo Piatti. Comenzó a construir sus instrumentos, los ‘entonarruidos’. Primero hizo un explotador, luego un crepitador, zumbador y frotador,..., hasta un total de 23 instrumentos. La primera demostración pública fue en Milán en 1914. Aquello, según cuenta Russolo, fue una batalla campal para honra de los futuristas que cuidaban las espaldas del maestro del ruido. La orquesta se movió por varios puntos de Europa, pero la inminente guerra y el devenir fascista de los futuristas, terminó por autodevorar los inventos de un Russolo que pasó a la historia como el primer músico que puso la tecnología a su servicio.
El universo creativo de Russolo tiene su complejidad. Las claves de la gestación de su proyecto, los fundamentos teóricos y mecánicos de su orquesta, los primeros pasos en la composición con sinfonías industriales como El despertar de una ciudad, Comiendo en la terraza del hotel y Cita de automóviles y aeroplanos, se pueden localizar en una completa edición de El arte de los ruidos (Cuenca, Centro de Creación Experimental de Castilla La Mancha, 1998). Un documento en el que el artista italiano detalla los principios del enarmonismo, su grafía, la nueva "voluptuosidad" acústica que posibilitan los entonarruidos y cómo encajó el público y la crítica los estrenos de la orquesta con dos episodios broncos y distintos, su estreno en Milán y el concierto en Londres. La aportación de Russolo a la música contemporánea habría que situarla en un contexto de pioneros y en una época de transformación constante. Si compositores como Debussy y Ravel trastocaron los patrones wagnerianos con su creación impresionista; si Satie imprimió la quietud y la simpleza al piano en un ejercicio de minimalismo irrepetible que sentó las bases de la música mueble; y si Stravinsky, grandísimo compositor que llegó a interesarse por las máquinas de Russolo, fue capaz de desmontar el dodecafonismo de Schoenberg para imprimir un carácter innovador a su trabajo, a Russolo cabe atribuirle que encendiera una revolución sonora que posibilitó que el hombre tuviera conciencia de la importancia de la tecnología y su manipulación. Otros asumieron sus sueños años más tarde desde ópticas bien distintas, pero manteniendo firme el pulso humano sobre la máquina, ya inseparable de cualquier arte: Pierre Schaeffer y la música concreta y la antesala de la electroacústica con Henry y Poullin; los poemas electrónicos de Varese y el quejido de los impulsos de Stockhausen, entre otros, germen todos ellos de la electrónica contemporánea. + info sobre: El arte de los ruidos. Manifiesto Futurista, 1913
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Diego F. Hernández |
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